RADIO Y TV DIGITAL ON LINE
JULIACA – PUNO – PERÚ
¿Funcionan las cuarentenas?
Una falla integral en la mayoría de las cuarentenas es que algunas personas, al percibir que las restricciones son excesivamente estrictas y un abuso a sus derechos, intentarán eludirlas. Esas evasiones, a su vez, se convierten en amenazas para la salud pública.
Entonces, ¿las cuarentenas sirven para contener enfermedades o podrían contribuir a su propagación?
Es probable que las autoridades médicas de China terminen por alegar que habría habido muchos más casos si no hubieran cerrado las ciudades. Pero esa afirmación es una negativa que no se puede demostrar. En mi opinión, a estas alturas, las cuarentenas decretadas por el gobierno chino no ayudarán a poner fin a la crisis.
Por lo general, las autoridades sanitarias suelen estar varios pasos detrás de la propagación de una epidemia. Y cuando no lo están, la historia ha demostrado que suelen actuar demasiado rápido (gastando una fortuna) o de manera injusta (discriminando sectores de la población).

Las leyes de cuarentena —del italiano “quaranta giorni”, que significa 40 días— fueron creadas por primera vez en Venecia en 1370, para mantener a raya a la peste bubónica con la prohibición del ingreso de barcos y mercancías durante el tiempo que entonces se pensaba que tardaban las epidemias en extinguirse por sí solas. La eficacia de la medida nunca fue analizada, pero aun así se refinó con el tiempo. Por ejemplo, durante la era industrial, las naciones europeas reforzaron las cuarentenas con “cordones sanitarios”: un anillo de seguridad conformado por guardias armados que evitaban la entrada y salida de cualquiera que sospechara o temiera portar una enfermedad epidémica.
La pandemia de influenza ocurrida entre 1918 y 1919 cobró la vida de casi 50 millones de personas en el ámbito mundial, incluyendo hasta 750.000 en Estados Unidos. En 2007, lideré a un grupo de investigadores para estudiar la implementación de lo que denominamos intervenciones no farmacéuticas en Estados Unidos. Analizamos 43 ciudades importantes que implementaron alguna combinación de (1) aislar los casos de enfermos o presuntos enfermos en hospitales o residencias, (2) prohibir reuniones públicas y, en algunos casos, clausurar carreteras y líneas ferroviarias, así como (3) cerrar escuelas.
Descubrimos que en las ciudades que actuaron de inmediato, durante periodos sostenidos y que usaron más de una medida de manera simultánea, las tasas de morbilidad y mortalidad fueron menores que las de las ciudades que no implementaron dichas medidas. Concluimos entonces que en el caso de una severa pandemia de influenza, las intervenciones no farmacéuticas deben ser consideradas para complementar el uso de vacunas, medicamentos y tratamientos profilácticos, aunque solo como un último recurso y solo para infecciones sumamente letales, porque son muy perjudiciales para la sociedad.
En 2009, durante los primeros días de un brote de gripe H1N1 en México, la Secretaría de Salud inmediatamente desplegó una serie de medidas al estilo de 1918. Los casos sospechosos fueron aislados. Las escuelas fueron cerradas. Se prohibieron las reuniones públicas, entre ellas un torneo regional de fútbol.
Aunque estas decisiones funcionaron para limitar nuevos casos de influenza, fueron revertidas 18 días después, en parte por su alto costo social y económico. Pero, más importante aún fue que, si bien el virus de la gripe H1N1 circuló de manera generalizada —el brote fue, sin duda, una pandemia— resultó ser igual de letal que cualquier variedad común de influenza estacional. (La influenza común mata a alrededor de 35.000 personas al año solo en Estados Unidos). El gobierno mexicano concluyó, de manera acertada, que las medidas rigurosas que había implementado debían ser eliminadas debido al número relativamente limitado de bajas por la enfermedad —de entre 4200 y 12.000 fallecidos— incluso si podía seguir propagándose.
En las fases tempranas de una epidemia, puede parecer razonable intentar contener la situación a través de la implementación inmediata y rápida de medidas de distanciamiento social, para luego reducir su intensidad si la evidencia demuestra que quizá estas fueron exageradas. Las restricciones graduales, ejecutadas con firmeza y transparencia, tienden a funcionar mucho mejor que las medidas draconianas, en particular tratándose de la cooperación de la población, la cual es de especial importancia para manejar las epidemias de manera adecuada en nuestro mundo interconectado y globalizado.
En la actualidad, China está adoptando medidas clásicas de cuarentena, pero a una escala nunca antes vista, mucho menos estudiada. La reacción es quizás entendible, dado el recuerdo abrumador de la epidemia del síndrome respiratorio agudo grave (SARS, por su sigla en inglés) ocurrida entre 2002 y 2003 y la crítica dirigida al gobierno por sus intentos iniciales de esconder o minimizar la escala de la enfermedad. Sin embargo, ahora podría considerarse como una estrategia exagerada, y ya que ha pasado el punto de inflexión de la epidemia del coronavirus, parece imponerle una carga injustificable a la población.

Deja un comentario